Los educadores
enseñamos esencialmente lo
que somos, es decir, nuestra manera de
actuar, nuestra manera de percibir el mundo,
las maneras de relacionarnos con los
semejantes, con el entorno, nuestros valores
y actitudes. Por ello, cuando hablamos de la
necesidad de formación del educador para
mejorar las prácticas educativas, estamos
asumiendo que esta formación implica la
construcción de su persona, la reflexión,
revisión y comprensión de su ser, afectividad,
valores y actitudes.
La invitación es a que nos miremos internamente cada uno desde la óptica de la relación con el otro y el medio. Para ello, se proponen reflexiones en torno al significado de la convivencia, del otro y del ambiente; en torno a los conflictos que están produciendo rupturas profundas en la convivencia humana, y los posibles caminos de construcción de las relaciones humanas en la familia y en los centros educativos.
No son más que reflexiones que intentan abrir la puerta al análisis y cuestionamiento personal y del colectivo del que formamos parte. Más allá de estas líneas, está lo que cada uno de nosotros podamos reflexionar y hacer.